La tecnología es la herramienta para hacer posible la innovación, es el espacio para crear y dar saltos con las ideas y proyectos que traerán beneficios. Innovar es ir siempre más allá, bajo distintos estándares, conceptos, premisas y expectativas. De la mano con innovar, la duda es siempre constante, ¿cómo lograrlo en la educación?

La respuesta a esta interrogante es amplia, infinita y en constante expansión. Podemos pasar horas dilucidando entre herramientas de comunicación, sistemas de gestión escolar, juguetes, plataformas, nuevas tecnologías, herramientas, tendencias, instrumentos y más. Encontramos algo en común que tiene todo proyecto innovador en la educación, ese factor común que causa el ¡EUREKA! Todo gracias a la reflexión que comparte Mercedes Mateo con el BID en este artículo sobre la innovación en la educación.

3 características de un proyecto educativo innovador de alto impacto:

Los programas más exitosos se enfocan en el enorme potencial de los chicos y jóvenes para ayudar, opinar, dialogar, tomar conciencia, analizar los problemas que los afectan y así  generar soluciones.  Al ser el centro del modelo educativo, los jóvenes toman las riendas de sus aprendizajes y los relacionan directamente con su potencial para generar cambio para sí mismos y para sus comunidades. Los programas más exitosos se enfocan en el enorme potencial de los chicos y jóvenes para ayudar, opinar, dialogar, tomar conciencia, analizar los problemas que los afectan y así  generar soluciones.  Al ser el centro del modelo educativo, los jóvenes toman las riendas de sus aprendizajes y los relacionan directamente con su potencial para generar cambio para sí mismos y para sus comunidades. El objetivo no es que los chicos salgan con una cierta cantidad de conocimiento memorizado, sino que se les provea dos herramientas esenciales: el deseo de aprender y el método para hacerlo.

Los proyectos educativos innovadores buscar formas alternativas para lograr que los chicos “aprendan cómo aprender”. En el aula no se les da la solución a los problemas; se les enseña cómo resolverlos para que ellos mismos encuentren y discutan formas alternativas de llegar a una solución. Esa era la lógica de Maria Montessori en 1907 cuando abrió su primera escuela en Roma, y esa sigue siendo la filosofía de las escuelas finlandesas o del aprendizaje de matemáticas en Singapur.

El futuro de los jóvenes en la sociedad y en el mundo laboral depende no solo de tener conocimientos de calidad, sino reunir ciertos rasgos de personalidad que les permitan relacionarse, conectarse, persuadir, resistir y trabajar con otros. Un reciente estudio sobre las barreras para el acceso a las profesiones más prestigiosas define el talento a través de factores como motivación, determinación, resiliencia, capacidad de adaptación, habilidades de comunicación, confianza en sí mismo o saber estar. Por eso, las habilidades blandas son cruciales para determinar el empleo e ingreso futuros. Al mismo tiempo, la carencia de esas habilidades, o poseer algunos de esos rasgos en su versión negativa puede limitar el desempeño económico de los jóvenes a largo plazo. De hecho, existe evidencia de que factores clave del carácter como la perseverancia, la pasión, la determinación y la prudencia, están relacionados con el desarrollo profesional y personal, pero también en el corto plazo con el desempeño académico.

En el caso de América Latina, la desigualdad no sólo es un tema de distribución del ingreso, sino que las diferencias en oportunidades de una generación definen la experiencia de los chicos y chicas de la siguiente, impidiéndoles ascender en la escala social en función de su talento y mérito. En ese contexto,  los modelos innovadores que logren reunir a jóvenes de diferentes entornos socio-económicos y fortalezcan sus valores cívicos y habilidades de colaboración, expresión, comunicación, diálogo, autoestima y trabajo en equipo tienen el potencial de generar un impacto mucho mayor en la sociedad de la que formen parte. Al mismo tiempo, muchos de los chicos que más apoyo necesitan viven en contextos socialmente complejos y, en ocasiones, traumáticos. Sin embargo, las buenas noticias son que la gente cambia y la resiliencia, la perseverancia, o la determinación se pueden aprender. Programas que buscan ayudar a los jóvenes a reaccionar de forma diferente a los factores de pobreza y estrés los están dotando de herramientas para dejar atrás las limitaciones de sus circunstancias. Y, en ese proceso, se fortalece también el rol de un/a maestro/a o un/a mentor/a como actor clave.

¿Innovas? ¿Conoces algún proyecto que cumpla con ellas? ¡Coméntalo con nuestra comunidad!

artículo con información del BID